Comunidad de Mujeres Dichosas.
Dedicado a las mujeres que transitan hacia la segunda mitad de la vida.
Este es el año en el que mi vida dio un giro de 180 grados. Lo inimaginable sucedió. “Cuando todo se derrumba”, te quitan el pinche tapete de debajo de los pies, pero además tienes que quedarte encerrada porque hay un virus que no es broma, ni teoría conspiracional; es un bicho real que nos ha puesto en jaque como humanidad. Para muchos, el aviso de que la Madre Tierra está hasta el gorro de nosotros.
En el año más extraño de nuestras vidas, yo tengo 53 años, me separé después de una relación de 26 años de matrimonio. Vivo sola por primera vez en toda mi existencia. Tengo que aprender a resolver cosas prácticas, laborales, personales, fiscales, emocionales…
Reencontrarme, reinventarme, reestructurarme.
Entender a mi familia ahora, en esta nueva configuración.
En este año corto-largo, me encuentro con la orfandad, el nido vacío, la separación, todo junto y a la vez. Todo en medio del aislamiento y el miedo colectivos. Personas perdiendo seres queridos, enfermando y temiendo por sus vidas o daños permanentes a su salud. Mi profesión se vuelve más que nunca una bendición. La oportunidad de servir, de acompañar en estos tiempos inciertos. Veo tantos pacientes por Zoom, la nueva forma virtual de vivir la vida. Todos los dramas humanos siguen, a pesar de la pandemia. La gente sigue básicamente angustiada por los mismos temas: el amor y el desamor, los miedos básicos a ser abandonados, rechazados o excluidos. Miedo al fracaso, estructuras laborales que no satisfacen los sueños, las alas truncadas, la esperanza de aprender a ser más feliz.
Ellos del otro lado de la pantalla y yo de este lado, también, con los mismos temas. “Todos somos uno” nunca fue más encarnado y real, menos cliché, menos frase New Age, hippiosa, hipsteriosa. En verdad: Todos Somos Uno.
¿Tú cómo enfrentas dejar de ser joven? Ser una mujer ¿madura? Ser una mujer en plenitud, con toda la experiencia pero con tanto por vivir.
Media vida por delante y quizás hayas quemado las naves como yo.
En este año tan largo que parecen tres, tan corto que parecen días, yo he hecho toda clase de rituales para manejar mi duelo. He vivido intensamente todas sus fases, varias veces. Distinguí la fase del shock, la negación, la ira, la depresión, la aceptación y el aprendizaje, varias veces. Quedara yo a veces en la rabia instalada y de regreso al shock y en caída libre a la depresión. Atisbos de aceptación. Se avisora el aprendizaje… pero de nuevo vamos al llanto, la nostalgia, la rabia y la negación. Para un día, sentirme libre, nueva, con ojos listos para el futuro. Y en otro día esos mismos ojos se llenan de nostalgia, de escenas que ya fueron, que ya se fueron, que ya no son.
Y escribo, danzo, dibujo, canto. Intento aprender a tocar el ukulele. Adopto mis plantas, cada vez más llena de plantas a falta de perro. Aunque a cambio tengo el verde creciente de mi diminuto departamento. Mi espacio, mi útero de paredes blancas que llené de cuadros pintados por mis amigas artistas. Mi madriguera cálida, amorosa, reparadora del corazón. La mirada constante de mis padres muertos, más presentes que nunca, más protectores y amorosos que en vida misma.
Mi espacio, mi refugio. Mi laboratorio: muevo los muebles, abro el espacio y creo. La pequeña videodanza, la clase de yoga, la plataforma para soñar y proyectar el futuro. Un futuro nuevo. Libertad.
Libertad. ¿Qué es eso? ¿Cómo se ejerce? ¿Cómo vivirla? Si, soy libre. La vida me dijo: ¡Vas!
Es verdad que la soledad se vive, se sufre a veces, se agradece otras tantas. Pero también lo cierto es que nunca se está solo realmente. Que la red de apoyo existe. Que es una gran sinapsis de personas ocurriendo constantemente. Tus viejos amigos, los más recientes, los amigos virtuales, los que te presentaron, los que se presentan solos, los que buscas, los que te encuentras. La red es inmensa y: “Salta y la red aparecerá” dejó de ser una linda idea pegada en la puerta de mi refrigerador. Es una realidad palpable.
En este año largo-corto. En estos tres años metidos en uno. En estos pocos meses que se fueron volando, ha habido un ejército de amor sosteniendo mi mano, abrazando mi alma, ayudándome a recoger los pedacitos de mi corazón herido. La red está ahí.
Y de eso se trata esto: Hacer visible esta red. Hablemos todas las mujeres transitando hacia la segunda mitad de nuestra vida, hablemos de los retos, de los regalos, de los sueños, las oportunidades. Compartamos estrategias, recursos y metas.
Enfrentemos los miedos, desmitifiquemos dragones, ideas ajenas y creencias limitantes.
Bailemos, mejor.
Cantemos más.
Escribamos nuevas historias.
Aprendamos a ser libres.

